El Sentido

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¿Manipulación? ¿Control? ¿Capricho?

Por principio, una persona sentida de una forma u otra coarta la libertad del otro, tanto la de ser como la de su acción. Su necesidad de afecto y valía, entre otras, se sobrepone a cualquier razón, razón que no satisfaga a la suya. A veces, su pretensión de hacer sentir mal al otro la logra – aunque este último ni siquiera hace las cosas con el objetivo de hacerlo menos o incomodarlo -. Tal vez podría no darse cuenta de serlo y de causar ese efecto, pero en cualquiera de los casos, depende del otro no caer en la trampa – ni en la de su círculo vicioso, incluso – y no ceder. Se siente por todo, por cosas por demás irrelevantes y que solo en su mundo da la importancia a lo que no lo tiene. Quisiera que las cosas se hicieran como cree que debieran ser. El sentido solo busca guardarse motivos sin sentido, y desafortunadamente el poder que tiene sobre el otro, que se lo permite, basta para que se le tenga siempre presente para tomar acción en algo, es decir, que pensar en alguien así va indudablemente acompañado de un, «A ver si no se siente si…», «pero se va a sentir si no…» «se va a sentir», y con esto, pone simplemente al otro en un dilema o en una disyuntiva. 

Ay de aquel que no le diga, que no le cuente, que no lo haga partícipe, que no lo tome en cuenta, que no le responda – hablando de comunicación tecnológica -, que no lo invite, que no sea «equitativo» a su parecer, que no le confíe, en fin…estas y otras situaciones las va sumando hasta con mínimos detalles. ¿Por qué lo hace? ¿Y qué gana? – aparte de complicarse y complicar a otros la vida -. ¿Qué emociones u otros guarda detrás de ese comportamiento? ¿sobrepensamiento, molestia, ansiedad, tristeza, enojo, sentirse ignorado – por las historias que se teje – … , y ya en casos extremos, hasta resentido termina y peleado con el mundo..

No desestimo que por alguna de estas razones tenga esa forma de ser pero ya como adulto -y que ojalá a una edad muy temprana se detectaran y reconocieran ciertas conductas para cambiarles el chip y así evitarse tanto en el futuro -, con simplemente tener en cuenta que nadie es el centro del universo, también debe saber que nadie tiene por qué responder a sus necesidades porque es desgastante y se vuelve tedioso.

Se dice que genio y figura… pero, ¿el sentido sabe que llega a ser un tanto molesto, o bastante, por tener que estarlo considerando siempre por el cierto temor (palabra exagerada pero en algunos casos eso causa) de que, Se vaya a sentir? Porque entonces después de «guardársela» a alguien, le da por actuar de una forma fría, arrogante, sangrona, buscando obtener argumentos, incluso y bajita la mano, una disculpa por el ‘mal’ actuar del otro. O no, solo ‘archiva’ y cuando es hora de victimizarse, ¡zas!, hace una remembranza y la suelta.

O simplemente, siendo así va por la vida, ‘normal’, como si nada, sintiéndose por todo (que es nada a la vez) y provocando efectos colaterales (se dan casos).

La realidad es que cualquiera que sea su razón, nadie más que el que se quiere afectar de esa forma es responsable de lo que quiera meter en su mente. Sin duda el problema es de ellos, únicamente. Y como lo mencioné al principio, son necesidades que solo ellos saben (o debieran de)

Y para el otro, que de alguna manera cae en su juego – ya sea por decisión propia, por no saber cómo enfrentarlo o por no (querer) darse cuenta -, también considerar ‘echar un ojito’ al por qué del permiso que otorga.

Gisela Monterrey

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De Redes Sociales… y otros demonios

Crédito: geralt

Si de comunicación se trata, hoy en día las redes sociales juegan un papel importante en la vida diaria, y aunado a la tecnología que se mueve a un ritmo vertiginoso, ofrecen en conjunto una sinergia e inmensa gama de herramientas y posibilidades para lograr su objetivo – en términos de una pronta respuesta entre emisor y receptor – y otros factores, como el de su marketing, para mantener cautivado al consumidor. Quien cuenta con la tecnología en la mano, metafórica y literalmente hablando, el acceso a ellas está a un solo toque y siempre disponibles. No descansan.

No hay frontera ni idioma que limite su propósito. “Acercar” a las personas es el objetivo principal, seguido de entretener, socializar, informar, comercializar, trabajar, crear, etc. Son un medio poderoso en la sociedad pero a la vez de cuidado, porque la eleva o la hunde, con o sin interés de por medio. Por sus algoritmos, el contenido se vuelve variado, tanto por un gusto en particular como por el que sugieren, y para todos. Su aporte en el apoyo a causas sociales llega a impactar benéficamente. Dan espacio a personajes y nuevas ideas –aunque no necesariamente sean atractivas o contribuyan en algo -. Convidan libertad de expresión. Abren un portal de “respiro” a la cotidianidad. En fin, estas y otras ‘bondades’ podrían destacarse de ellas.

Pero ¿qué más hay detrás de estas cuando ese propósito de ser solo un medio (aparentemente) es rebasado por la importancia que se les da?

¿Detonantes emocionales?

Si bien el uso de la tecnología puede no ser complicado, por donde se aloja esta, sí llega a serlo y causa un efecto.

Manejar una computadora o un celular que, pareciera cosa fácil y nunca falta un, “Ay no! ¿Cómo crees?, “si es re sencillo, ‘nomás’ te metes acá” o, “nomás’ le picas aquí y acá, y ya”; la realidad es que no lo es para todos y puede que la tendencia sea por ejemplo, la tercera edad a la que se le dificulte más adentrarse al mundo tecnológico, sin embargo no es regla. También a la generación detrás de esta le puede resultar a veces brumoso el hacer uso de ella, y sumándole las redes… ¿Qué efectos causan junto con el uso del celular? Que bueno, tan solo perder este, en 3, 2, 1! provoca un sentimiento tipo «Se me va la vida», y sí, puede que en parte sea así porque lo que guarda el equipo es tan solo el encapsulado de momentos, del día a día – de lo personal y de lo laboral -, y en ocasiones ese registro no es recuperable.

Ansiedad, intolerancia, impaciencia, angustia, control (desmedido en ocasiones), apego, frustración, enojo, agobio, aislamiento, vacío, aburrimiento, miedo, estrés, berrinche, enajenación, y otros desencadenantes como, procrastinación, mala interpretación y por ende malos entendidos, sentido de desconexión (¡¿que qué ironía, no?!), etc. Podrían resultar más.

Puede “sonar” exagerado pero en proporciones aun pequeñas, la interacción por medio de las redes sociales es ‘salpicada’ en algún momento por alguna de las emociones mencionadas, ya sea por separado o de todas un poco a la vez. Cada quién sabe en qué se puede identificar, si es que fuera el caso.

Otros aspectos no tan agradables que de estas salen, es que cada quien entiende lo que quiere, la expresión del otro en cualquiera de sus formas se toma personal. Detrás de una pantalla, el cobarde es valiente y viceversa, el ego queriendo tener la razón por sobre todas las cosas y a costa de lo que sea. Hasta el más juicioso cae, literal, en la red del otro y se engancha; la razón se ofusca, se arrastran unos con otros… ríspido se vuelve el ambiente. Mal informan. Lo que en ellas se ve, se lee y se escucha es la ley si no se va más allá, si no se aprovecha la mancuerna equipo (cualquiera que este sea) + internet, la inteligencia artificial gana a la humana. Cabe también decir que si bien no todo lo que se encuentra en internet es 100% verídico o real, cuando menos echarle un vistazo y dejar que el libre albedrío y sentido común hagan lo suyo, la primera percepción pasa de un “pues dicen/vi/escuché” a un criterio más objetivo, en el entendido que tampoco se le piden peras al olmo. Por un like o una suma de seguidores, la invasión al espacio vital –virtual y físico –personal, y por ende su exposición, o se vuelve meme o se vuelve chisme, con o sin contexto (hoy palabra de moda, entre otras). La silla de los acusados nunca está vacía, la fila es larga y la moral impecable del que juzga a diestra y siniestra, sentencia con tal determinación que, la condena llega a ser la máxima. Manipulan, si se les permite. El escarnio es potente. Llegan a cualquier edad aun con sus restricciones. Son una necesidad abrumadora.

¿Sus puntos ciegos?

Su poder es tal que llega a darse un quiebre de la realidad en cualquier aspecto si por un lado el mensaje – cualquiera que este sea -, no es asertivo o el receptor tampoco lo es. ¿Qué sí y qué no es real?

¿Son entonces las redes el “problema”?

Nadie más que el receptor es responsable del poder o la importancia que les da y de identificar los efectos que pudieran llegar a ocasionar, y que en nada tienen que ver con las redes porque estos solo buscan una salida fácil y rápida para proyectarse. Así mismo lo es el cómo, el por qué y para qué hace uso de ellas.

¿Su parte positiva? Porque también la hay (quien quiera verla y si no…)

Con la pandemia se potencializaron – no sé a qué grado -. Fueron el contacto para no volverse loco en el encierro, para poder subsistir en aspectos económicos, emocionales y demás. Personas que en otro momento no podrían saber con qué habilidades o talentos contaban, se descubrieron, tanto a sí mismos como al resto. Los negocios, y las mismas personas que tal vez se resistían a usarlas, sí o sí sabían que debían hacer uso de ellas. El sentido del humor impera también, ya sea negro, blanco o término medio, lo hay para todos –aunque no siempre el que se lleve se aguante o no lo logre diferenciar-. Los comentarios que se derivan llegan a ser aún más divertidos que el contenido mismo. Se aprenden y descubren muchas cosas. Las tareas cotidianas son más rápidas y prácticas. Incluso, sin adentrarse tanto en ellas, la información llega. El que quiere toma algo para sí mismo. El tiempo pasa rápido o desapercibido. Tienen el peso para ser un recurso ante la ley – aunque deja de ser positivo si se cruza la delgada línea para el atropello -. Se escribe lo que se quiere de alguna forma.

¡¿Y qué decir del mundo del internet en particular?! Es una maravilla, se encuentra todo y se llega a cualquier lado (o casi porque las rutas no siempre están al día o correctas). Preguntas como, ¿Qué es eso? (y no me refiero a la expresión de Bob esponja tan escuchada en redes hoy en día), ¿quién?, ¿dónde?, ¿cuándo? y ¿cómo?, ya no debieran formularse, al menos si la importancia de la duda es de otro carácter, porque reitero, la mancuerna tecnológica está más que presente.Y cabe mencionar también que si este falla, “se sufre” porque el ritmo de vida lo ha tomado de la mano para hacer equipo.

Pero y en términos de la interacción humana física, de tocar sistemas sensoriales, ¿qué dejan las redes sociales? Irónicamente, el contacto intangible. Pareciera que ya son un único recurso de comunicación. La cercanía es distancia. El momento presente y entorno, desmerece. La practicidad de un texto no siempre es la misma practicidad para el sentir. El tiempo se detiene o corre muy de prisa, o se tiene o no se tiene (o no se quiere). El “pero no me cuelgues…”, es ya obsoleto (entiéndase el chiste y la referencia).

Son “la onda” si se les da el lugar como solo un canal, a conveniencia si es el caso. ¿Indispensables? – sí y no -. ¿La vida se detiene sin ellas?

Conclusión:

Darle solo la responsabilidad a las palabras escritas o por medio de multimedia – «sin justificación» – para expresarse, es como sembrar una planta y dejarla a su suerte.

Por lo tanto, ¿son las Redes Sociales una involución de la comunicación?

Gisela Monterrey

Nota. La opinión sobre el tema es generalizado y a grandes rasgos pero a la vez particular, en cierta forma.

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Gimnasia vs Magnesia

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(?)

¡Exactamente! ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Porque, «Una cosa es Juan Domínguez, y otra…», y «una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa».

Y así como puede sonar enredosa la introducción, lo mismo pasa cuando surgen argumentos sin sentido (o con, pero que no entran en lo que se está tratando en el momento) como respuesta ante una plática que por lo regular se convierte en discusión porque algo se está confundiendo, tornándose esta absurda, incómoda y en ocasiones, violenta. Ya sea que a propósito o sin querer los argumentos se «confundan».

A propósito, porque se aprovecha el momento para liberar al árbol genealógico, a los demonios internos (sentimientos guardados y cosidos frágilmente con aguja e hilo), por solo necear o crudamente, para lastimar. Es como si la memoria estuviera en un estado de ‘en sus marcas, listos, ¡fuera!’. El pasado se atiza con el mínimo esfuerzo, haciendo que a veces arda Troya. Pero y, ¿es de esta manera que queda satisfecho quien confunde? o ¿cree que hizo limpieza al armario mental y ya, a la siguiente página? No creo, apenas y en comparativa, es solo la punta de un iceberg lo que se manifiesta. Es la situación de la que se trate para dimensionar con qué más puede «atacar» al argumento (que en realidad es más a la persona o a las demás que quiera involucrar), y entre más cargado el morral, mayor será la confusión. Y si no es un pasado el que discute el otro, sino un tema trivial, intentar explicarle se vuelve tedioso.

Sin querer (con y sin entre comillas), porque podría no haber mayor conocimiento del tema, por obsecado, porque se entiende lo que se puede/quiere o, por así convenir a intereses, es mejor sacar a relucir cosas para precisamente enredar una situación.

¿Por qué se mezcla una cosa con otra? La falta de argumento es, creo, la razón fundamental. El sentirse vulnerable, descubierto, aludido, perseguido, etc. (Rollos que solo puede saber el que confunde las cosas). Otra probable razón, porque simplemente tergiversar es el estilo.

¿Qué se afecta? Una buena charla, un momento agradable, relaciones.

La situación sabrá manejarse siempre que se mantenga el enfoque y claridad del tema, y si esta se sale de control, darle la vuelta o si se cuenta con las herramientas necesarias para entrarle al debate sin perder la cabeza, son solo otras opciones. Entender o comprender al que toma las cosas por otro lado – sin justificar -, también dará la pauta para poner o no determinado tema sobre la mesa.

Todo inicio de tema llevará a otro indudablemente, pero centrarse e irlo acomodando dará un mejor entendimiento, por muy diferentes que sean las ideas y los argumentos. Lo demás, ya es, ¿rebuscar?, ¿provocar?

Dejar la visceralidad de lado, también despeja la mente.

Gisela Monterrey

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Objetividad

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¿Hasta dónde este concepto es percibido como un juez, cuando de opiniones se trata?

Pensar, ver y expresarse bajo esta perspectiva no siempre es «bien visto». Ser objetivo tiene sus pros y sus contras, como todo. Por un lado, es hasta cierto punto saludable porque no hay un enganche personal (no se sudan calenturas ajenas, es imparcial) y se emiten opiniones juiciosas. Por otro, es complicado porque, además de salir a veces crucificado, la otra parte espera o busca que el punto de vista sea lo más afín para sentirse cómoda y  comprendida, por decirlo de alguna forma. ¿Y qué pasa cuando esto no es así?, ¿cuando la expectativa se «topa con pared»?. Sentirse ‘juzgado’, sentirse – dicho de forma coloquial como un, «te la guardo» -, ponerse a la defensiva o crear conflicto donde no lo hay, son solo algunas de las reacciones al escuchar lo que en realidad no se quiere.

¿Qué brinda la objetividad? Para el otro, un mejor apoyo, un mejor consejo, confianza. Para el entorno, un equipo. Y para sí mismo, una mejor toma de decisión – en cualquier aspecto -. En general, contribuye de alguna u otra forma en la cotidianidad.

Con el solo hecho de ver las cosas tal cual son, el pensar fuera de la caja, las situaciones toman otra dirección. Aclarando que, no necesariamente una persona objetiva tiene la verdad o razón absoluta sobre su propia visión, porque como lo mencioné en otro tema, ¿quién la tiene? Hasta el mismo juez se equivoca.

Por otra parte, la objetividad podría percibirse como frialdad, y lo es, pero desde un punto de vista subjetivo que al final del día es como una marioneta por las emociones que lo implican. Tampoco es sencillo ver la claridad de las cosas y tratar de mantener una postura sin un sentimiento de por medio.

No sé si se nace con ella o se adquiere sobre la marcha de la vida – llámese de la experiencia -, pero contar con ella, es un plus en las cualidades de una persona.

Creo que hoy en día el mundo necesita una buena dosis de.

Gisela Monterrey 

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Los toros desde la barrera

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«Yo lo hubiera hecho de tal o cual forma», «yo hubiera dicho», «yo hubiera…» o, «deberías…», y así un sinfín de opiniones y ‘opciones’ más que se dan – a veces de buena fe y otras más solo por no quedarse callado -, pero, ¿Qué sentido tiene para el espectador asegurarle al que se la está jugando en el ruedo que si fuera su caso, cualquier acción que tomara podría ser o dar el mejor el resultado, ¡si no está precisamente en la situación!?

El ruedo, como otros escenarios tiene varios ángulos para apreciar el espectáculo, y en donde toque verlo – ya sea desde lo más cercano o desde un lugar distante y en ambos casos, cómodamente -, no se mira igual. No siempre se apreciará el todo, tanto por perspectiva individual como por factores del entorno. Entonces, ¿Dónde y cuándo entra una opinión? Yo diría que nunca pero también a veces es casi imposible no involucrarse si el caso da para hacerlo – especialmente por el tipo de asunto y/o relación de la que se trate, cualquiera que esta sea -, o si el otro así se lo requiere o permite. Siempre que esto sea sin imponer, con respeto y principalmente, con prudencia.

También habría que tomar en cuenta que, por muy similar o igual que sea la  situación, las circunstancias en que esta se genera nunca serán las mismas porque son los matices de la vida y vivencia personal (por demás decir que, única) los que marcan una diferencia y por ende, su dimensión. Compartir el cómo se vivió sería más que suficiente. La receptividad suele ser más poderosa que cualquier consejo – disfrazado en ocasiones – de opinión o viceversa.

Y la pregunta del millón. ¿Se va a aportar algo propositivo? Porque respetar la barrera, también lo es.

¿Qué prefiere cada quien?

Nota. Cada situación tiene sus grados de complejidad, y lo anteriormente expresado es solamente viendo, Los toros desde la barrera.

Gisela Monterrey

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El Control

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Querer tener la razón (siempre o casi), hacer o que se hagan las cosas a modo particular (por lo regular buscando la «perfección», según la definición personal del adjetivo), pensar/decir/decidir por el otro, «crearse» cierto perfil para tratar de mantenerlo, y un absurdo, querer controlar lo que por ningún motivo está en nuestras manos, como por ejemplo, la naturalidad en la forma de ser de las personas, el clima, el tiempo, el minuto a minuto del día a día; por mencionar algunas de su manifestaciones. Y si se pierde este o, se topan egos, ¡uf! ….. Es adrenalina pura.

Si bien tener control sobre alguna situación o sobre sí mismo es una tarea algo complicada – porque los factores externos sí se permiten salirse de, y con sus propios caprichos -, pretender tenerlo en y con todo el entorno sin duda se vuelve un caos. Es estrés y frustración. Para el controlador, porque (cree que) nada puede cumplir con sus estándares – en cualquier aspecto -. Para el controlado, porque nunca va a llenar las expectativas requeridas, derivando en ambos casos, malestares emocionales. Y en el caso de relaciones más cercanas, más afectivas, tanto control deja asomar a la manipulación.

También muy fácil se dice, «Suelta el control», sin embargo hacerlo no lo es tanto por diversas razones. Miedo, inseguridad, testarudez, egocentrismo. Aceptar que se es un controlador tampoco lo es, pero una vez reconocido el patrón, en cada quien está decidir si comienza a liberarlo, en la medida y prioridad que este considere. Y si se trata de algo más como un transtorno, sabe también qué hacer.

Aligerarse el viaje, aligerar el ambiente.

Gisela Monterrey

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Inocencia

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Sin duda el significado más fiel de esta palabra, son los niños.

¿Y qué son los niños? La expresión más pura de este concepto, y más. Quien los tiene en su vida, como hijos, nietos, sobrinos, incluso como solo de paso, y se da la oportunidad de conocerlos, aprende y encuentra magia. Y en ocasiones, con ellos se redescubren y reviven mundos olvidados.

Su capacidad de asombro, su buen humor, su libertad y su graciosa irresponsabilidad – que no pasa a mayores dependiendo del adulto, o sí, sin querer -, su calidez, su espontaneidad, sus incesantes cuestionamientos, la chispa con la que dicen las cosas, su curiosidad, su nobleza, su apoyo, su sensibilidad, su invención, su sabiduría, sus ganas de intentar hacer algo -por iniciativa o por imitación a los mayores-, su ímpetu, sus gracias, sus ocurrencias, su imaginación, sus sueños y fantasías, su sonrisa, su risa (recordar la película Monsters, Inc.), en fin, un sinnúmero de cosas que solo la infancia permite, y que, aunado a sus cualidades, los hace especiales a cada uno. Y en lo que nos toca vivir con ellos, también.

Si bien la infancia es una más de las etapas del ser humano – que termina a los 11 años -, es en esta donde comienza todo, donde la vida arranca. Y de las 2 partes en las que se divide, la primera, creo, es la que encierra en un 100% lo anteriormente descrito.

Sin duda, en la segunda aún conservan la mayoría de esas características pero ya con sus contrastes porque dejan de mostrarse por pena, por prejuicios, por temor al ridículo. Van adquiriendo patrones de su entorno -que lo rebasa por edad y circunstancias-; y a que van madurando. Y es esta la etapa álgida para ellos, es aquí donde el adulto tiene la mayor responsabilidad  – incluso diría que una segunda oportunidad también -. De él depende, en ambas etapas, conservar esa espontaneidad, que lo que es innato no pase a ser nato por circunstancias adultas, dejar que vivan su momento, permitirles crear sus historias – que ya de adultos, estas nutren, ya sea por pura anécdota o como enseñanza al que está comenzando -; o, de que se conviertan en mini adultos, siendo esto último un «desperdicio» de años clave para ellos, y el inicio de la vida escolar a veces es una muestra de ese mundo mini.

Educarlos, motivarlos, guiarlos, apoyarlos, transmitirles conocimientos, poner límites, convidarles experiencias, ponerse a su altura, darles confianza y credibilidad, darles tiempo, compartirles lo que uno hace, escucharlos, cuidarlos, procurarlos, son también entre otros, básicos para que ellos se hagan de su mejor versión. No imponiendo proyecciones personales no realizadas, no infundir miedos (frustraciones, limitantes, resentimientos, prejuicios, etc.), sin el propósito de hacerlos a semejanza solo por egolatría  – porque por sí mismos tomarán con o sin querer patrones de quien está a su lado; es el reto. No colocar piedras innecesarias en su camino. E importante, siempre respetándolos y sin tocar su esencia. (entiéndase por respeto que, no por ser «solo un niño» no amerita tenérselo, o no tanto).

Y si en esta encomienda, el adulto en turno considera que hay cosas no tan sencillas porque a él le faltó algo en la infancia, llámese cariño, atención o lo que sea, – o le sobró – y eso le creó cierto caos en su vida, intentar hacer lo contario a esa falta podría hacer la diferencia para cuando ellos lleguen a la edad adulta. Claro, si le interesa, lo cree y quiere hacerlo.

Tener en cuenta también que, por lo circunstancial que es la vida – y aun con bases sólidas -, distraerse en el camino es fácil, por lo que el trabajo pretendido podría ser más empeñado.

Por otra parte, cabe mencionar también que tratar a un niño no es siempre miel sobre hojuelas, pero, ¿De quién depende?, o ¿por qué sí o no lo es?…

Y por último, y es el mayor reto aun. Como adulto, conservar parte de las características de la infancia, y mejor aún, compartirlas y disfrutarlas sin temor alguno, dan un respiro a la vida diaria, a la humanidad. Coincidir con uno, simplemente no tiene precio.

Gisela Monterrey

Paradójicamente, es la fragilidad de los niños la que se debe

fortalecer.

ANÓNIMO

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«Tu razón es tu verdad»

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Frase que a los 17 años me dijo un señor. No nos conocíamos, apenas y cruzamos palabras por cuestiones de trabajo, pero por cierto contexto – y no sé si por su experiencia -, le salió decirla. Claro, en ese momento me cayó mal porque pensé, «¡¿Y este señor quién se cree para restarle valor a un argumento?!, ¡mi argumento!. No conoce mi vida»; sin embargo, nunca la olvidé.

Luego de ese día, fue como una piedra en el zapato. Después concluí, según yo, que solamente era su punto de vista y ya, pero no la soltaba. Creo que a pesar de cómo me hizo sentir en aquel momento, trataba de entenderla. ¿A qué se refería?.

Tiempo después, al paso de los años, de la vida -que con o sin experiencias de peso, forman parte sí o sí de la bitácora – y de irme haciendo conciente de alguna forma -; ¡Eureka!, la comprendí. ¡Cuánta razón tenía esa frase!. Ya tenía un sentido y calzaba bien a mi zapato.

Reaccioné a lo que en ese momento vivía, sentía, creía, y me excusaba en mis memorias -e inconscientemente victimizarme de algún modo – por lo que efectivamente, mis razones eran mi verdad. Y a la fecha siguen siéndolo, pero ya vistas desde otra perspectiva.

No ha sido tan sencillo el trabajo interno – tanto independiente como acompañado – porque en ocasiones sucede algo como lo que dice la frase: «Cuando crees que sabes todas las respuestas, la vida viene y te cambia todas las preguntas» * (que para mí es también una metáfora); pero llegar al punto de comprender un poco más las cosas, me gusta.

Por otra parte, también es ponerle título a una parte de mí, que es ser terca, para bien o para mal -según mis propios conceptos -. y dicho sea de paso, que cualquiera que sea el resultado por ello, así sea a «cocolazos», afrontarlo será parte de mis razones…

Gisela Monterrey

* Frase que no sé con exactitud quién la dijo porque hoy en día todos son dueños de todo.

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Asumir…

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Suponer o dar por hecho situaciones conlleva un cierto riesgo, tanto para el equilibrio emocional propio como para el del tercero, ya que en ocasiones la realidad supuesta supera a la realidad misma. ¿Y por qué un riesgo?. Porque el que supone, al sobrecalentar las neuronas, acusa, somete a juicio sin pruebas y da sentencia en base a especulaciones – que van desde lo más simple a lo más complejo -, y ya no digamos que hoy en día las redes sociales incrementan aún más esta constante.

Pero, ¿Qué superpoderes tenemos para entrar en la caja de pensamientos de alguien?, ¿para asegurar el por qué actúa de cierta forma? o, ¿para acceder a lo más profundo de su mundo?, como para tomarse personal su proceder. ¿Qué tan certera es la bola mágica que en algún lugar del cerebro colocamos y que nos muestra esa historia que asumimos pasó o pasa?

La mente tan solo barajaea sus cartas, según la percepción individual, ya sea por un estado de ánimo, por creencias – impuestas o creadas en el camino por el que transita-, u otros factores que la memoria guarda donde mejor le «conviene».

Comenzar a fabricar súper historias (nuestras historias) con fragmentos diversos pero que se adaptan o se adaptan (porque si no, no sale bonito el cuento) o preferir adelantarse a estar listos para «auto defenderse» – por si acaso -, tal vez sea lo más rápido, cómodo y fácil; que antes preguntar, que salir de dudas.

Por otra parte, si también suponer y dar por hecho ya es un hobby o solo por el puro placer de tener la absoluta razón se lleva a cabo esta práctica, los motivos siempre se encontrarán.

Cada quien ocupe su disco duro según la capacidad de almacenamiento que este tenga.

Gisela Monterrey

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El Otro

¿Antagonista o protagonista en nuestra vida?

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En ocasiones – o la mayor parte del tiempo -, juega un papel fundamental en ella porque de alguna u otra forma se le da cierto peso, pero, ¿Cómo nos hace sentir?.qué tipo de personaje es?

El que es sentido,

El que chantajea emocionalmente,

El que mueve los hilos para conseguir lo que quiere,

El que siempre quiere tener la razón (auto defensa),

El que es imprudente con lo que dice o hace,

El que se excusa en su carácter (o herencia genética)

El que comulga con la tía Tronchatoro «… yo estoy bien, tú estás mal»,

El que manipula,

El que hace de las suyas sin «mancharse las manos»,

El «Así soy (y qué?)» …

En otras palabras, el que incomoda y casi nunca falta, ya sea en vínculos de padres-hijos, hermanos, amistades, pareja, trabajo, etc., y una vez que, aunque duela, se le ha detectado, ¿Qué hacemos con el?. Hay quien de lejitos o de pincitas lo trata -o de plano hace retirada-, quien los tolera (contando hasta 1000), quien cede, quien no le queda de otra, en fin, por la razón que sea, ese quien por lo regular «le pierde» contra el otro.

Pero, ¿el otro lo sabe?, ¿sabe que con su comportamiento va dejando sensaciones de incomodidad en su entorno? ¿que lo lastima, que lo pone en aprietos, que crea conflictos, etc.?, ¿y que con ello cruza la delgada línea de afecto/cariño/amor que este le tiene?, ¿que le «teme»?.

Como anteriormente mencionaba, nadie es adivino, y la pregunta del millón al otro sería, ¿A qué persona le permitiría acceder a su espacio interior? ¿a quién escucharía sin intentar justificarse?.

Y si la persona, no autorizada pero que lo lidia, intenta acercarse a este con un recurso casi infalible, que es conversar con madurez mental, por ende, con respeto, ¿qué podría salir mal si se enfoca adecuadamente el tema que aplique? Solo que el otro no quisiera reconocer nada y sabiendo dentro de sí de qué pie cojea y aun así no le importe seguir pasando de determinada forma por la vida de los demás.

¿Qué papel interpreta entonces?

Se necesita mucho valor para expresar (por aquello de los sentimientos/emociones y preguntarse si no será peor hacerlo), para escuchar, y más aún, para aceptar racionalmente la retroalimentación.

Querer llevar la fiesta en paz y no morir en el intento es también comprensible, y hasta inteligente (por donde cada quien quiera verlo), por uno mismo, por los demás y por el tipo de vínculo que nos une con el otro.

Gisela Monterrey

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