
¿Antagonista o protagonista en nuestra vida?

En ocasiones – o la mayor parte del tiempo -, juega un papel fundamental en ella porque de alguna u otra forma se le da cierto peso, pero, ¿Cómo nos hace sentir?.qué tipo de personaje es?
El que es sentido,
El que chantajea emocionalmente,
El que mueve los hilos para conseguir lo que quiere,
El que siempre quiere tener la razón (auto defensa),
El que es imprudente con lo que dice o hace,
El que se excusa en su carácter (o herencia genética)
El que comulga con la tía Tronchatoro «… yo estoy bien, tú estás mal»,
El que manipula,
El que hace de las suyas sin «mancharse las manos»,
El «Así soy (y qué?)» …
En otras palabras, el que incomoda y casi nunca falta, ya sea en vínculos de padres-hijos, hermanos, amistades, pareja, trabajo, etc., y una vez que, aunque duela, se le ha detectado, ¿Qué hacemos con el?. Hay quien de lejitos o de pincitas lo trata -o de plano hace retirada-, quien los tolera (contando hasta 1000), quien cede, quien no le queda de otra, en fin, por la razón que sea, ese quien por lo regular «le pierde» contra el otro.
Pero, ¿el otro lo sabe?, ¿sabe que con su comportamiento va dejando sensaciones de incomodidad en su entorno? ¿que lo lastima, que lo pone en aprietos, que crea conflictos, etc.?, ¿y que con ello cruza la delgada línea de afecto/cariño/amor que este le tiene?, ¿que le «teme»?.
Como anteriormente mencionaba, nadie es adivino, y la pregunta del millón al otro sería, ¿A qué persona le permitiría acceder a su espacio interior? ¿a quién escucharía sin intentar justificarse?.
Y si la persona, no autorizada pero que lo lidia, intenta acercarse a este con un recurso casi infalible, que es conversar con madurez mental, por ende, con respeto, ¿qué podría salir mal si se enfoca adecuadamente el tema que aplique? Solo que el otro no quisiera reconocer nada y sabiendo dentro de sí de qué pie cojea y aun así no le importe seguir pasando de determinada forma por la vida de los demás.
¿Qué papel interpreta entonces?
Se necesita mucho valor para expresar (por aquello de los sentimientos/emociones y preguntarse si no será peor hacerlo), para escuchar, y más aún, para aceptar racionalmente la retroalimentación.
Querer llevar la fiesta en paz y no morir en el intento es también comprensible, y hasta inteligente (por donde cada quien quiera verlo), por uno mismo, por los demás y por el tipo de vínculo que nos une con el otro.
Gisela Monterrey