El Control

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Querer tener la razón (siempre o casi), hacer o que se hagan las cosas a modo particular (por lo regular buscando la «perfección», según la definición personal del adjetivo), pensar/decir/decidir por el otro, «crearse» cierto perfil para tratar de mantenerlo, y un absurdo, querer controlar lo que por ningún motivo está en nuestras manos, como por ejemplo, la naturalidad en la forma de ser de las personas, el clima, el tiempo, el minuto a minuto del día a día; por mencionar algunas de su manifestaciones. Y si se pierde este o, se topan egos, ¡uf! ….. Es adrenalina pura.

Si bien tener control sobre alguna situación o sobre sí mismo es una tarea algo complicada – porque los factores externos sí se permiten salirse de, y con sus propios caprichos -, pretender tenerlo en y con todo el entorno sin duda se vuelve un caos. Es estrés y frustración. Para el controlador, porque (cree que) nada puede cumplir con sus estándares – en cualquier aspecto -. Para el controlado, porque nunca va a llenar las expectativas requeridas, derivando en ambos casos, malestares emocionales. Y en el caso de relaciones más cercanas, más afectivas, tanto control deja asomar a la manipulación.

También muy fácil se dice, «Suelta el control», sin embargo hacerlo no lo es tanto por diversas razones. Miedo, inseguridad, testarudez, egocentrismo. Aceptar que se es un controlador tampoco lo es, pero una vez reconocido el patrón, en cada quien está decidir si comienza a liberarlo, en la medida y prioridad que este considere. Y si se trata de algo más como un transtorno, sabe también qué hacer.

Aligerarse el viaje, aligerar el ambiente.

Gisela Monterrey

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