
En un contexto de cacareo mental, estas preguntas que se suponen sobre alguien, y que junto a afirmaciones como, «va a decir que», «va a pensar que», impiden actuar libremente al que quiere decir o hacer algo, dejando con ello sensaciones de frustración, angustia, pena, enojo, etc.

Pero, ¿Por qué se le da tanto peso al otro?, ¿cuántas cosas se dejan de decir o hacer por un «temor» que en ocasiones es hasta infundado? (porque solo es nuestra cabeza la que fabrica las historias). Y, ¿qué porcentaje hay de que esto se dé?, es decir, si el otro sí va a pensar y sí va a decir algo, y le afecta (o no).
Claro, si bien es cierto que por el rango e importancia que tienen las personas en nuestra vida tratamos de ser educados, amables, de no herir susceptibilidades o de no provocar un malentendido que después detone algo mayor, es que lo pensamos antes de tomar acción, pero también, ¿dónde queda la libertad de ser?.
Y con este tema creo que vale mucho la pena recordar a la fábula de El niño, el señor y el burro. Al principio actuaron sin pensar en el qué dirán, sobre la marcha su entorno comenzó a murmurar por lo que cedieron y cambiaron lo que consideraban era lo mejor para su camino … El final, la mayoría lo sabemos y, cuánta razón de la moraleja, ¿no?.
Por otra parte también se dice que, «Cada quien conoce a su gente». Sabemos lo que se vislumbra o podría generarse si no nos adelantamos a pensar antes por el otro, pero entonces según lo conozcamos, hagamos/digamos y quitemos un peso, y disfrutemos lo que hay.
Y ya si es el caso de que el otro sí va a decir y sí va a pensar, dependiendo del asunto, démosle valor al cuestionamiento y hagamos lo que a nuestra razón parezca mejor.
Hagamos que estos cuestionamientos y/o afirmaciones pasen de recurrentes a selectivos y de estos últimos, hasta comprender que no son necesarios. De lo contrario, esto roba energía, roba tiempo… esfuma deseos.
Gisela Monterrey




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